Más allá del escenario

Por: Ronald Cotaquispe

El primer semestre del 2008 iba pronto a concluir. Mientras la mayoría de estudiantes está por a alejarse mes y medio de la universidad, los de la especialidad de Artes Escénicas tiene por delante su más grande actividad anual. Rómulo Franco, coordinador de la especialidad, abre la convocatoria para nombrar dos productoras ejecutivas que organicen el encuentro. Pilar Durand y Melissa Ramos son las únicas que responden al llamado. Una vez elegidas, se disponen a designar el resto de cargos para las áreas de escenografía, publicidad, prensa y actuación. De pronto, hayan un primer inconveniente: son un grupo muy reducido para muchas asignaturas. El evento es exclusivo de Artes Escénicas, pero se ven en la necesidad de convocar gente de afuera para cubrir todas las ausencias. Lo consiguen, pero inmediatamente surge un segundo inconveniente: no todos cumplen con los requisitos para desempeñar sus cargos, ni siquiera las productoras. Ellas debieron haber llevado el curso ‘Taller de Proyecto Teatral 1’ y los actores, ‘Actuación 2’. Entonces, no teniendo otra salida, deciden que se harán excepciones. Más adelante, solicitaron los permisos para disponer de los ambientes requeridos para el encuentro. Para eso, se acercaron a las mesas de parte respectivas e hicieron el papeleo necesario.

El día de la inauguración del X Encuentro con Artes Escénicas fue la noche del 26 de agosto. Un puñado de sujetos se encontraba esperando a las afueras del Auditorio Juan Pablo II en el campus universitario. Hacía un frío azotador. Hace poco había lloviznado y quedaban diminutos charcos. Melissa Ramos y Pilar Durand estaban vestidas de negro y saludaban desde la entrada a los presentes. Otras chicas más al fondo ensayaban lo que dentro de un rato iban a representar.

Algunos minutos más transcurrieron, por fin la concurrencia entra al auditorio y se acomoda en las butacas. Eran apenas una veintena para más de un centenar de asientos. Melissa Ramos se para al frente del escenario, da la bienvenida y anuncia dos lecturas de obras teatrales: “En la sala” y “Primero soy yo”. Ambas son comedias de 20 minutos cada una. Durante el espectáculo, los actores caminan con cuidado por un escenario improvisado de más o menos nueve metros cuadrados. Su escenografía está compuesta por dos sillas, una pizarra negra y una puerta que da a otra sala. Terminada la obra, la gente aplaude. Luego, todos salen del auditorio y, una vez afuera, inician una jovial tertulia en grupillos. Degustan vino y de a poco se van retirando.

La mañana del día siguiente, Rómulo Franco comenta sobre la noche anterior. Considera una pena que solo hubiese habido una veintena de asistentes. Eso es una constante en los eventos de esa envergadura. “Lo mismo pasa con los coloquios y otras conferencias. Es un problema de comunicación y esa, se supone, es nuestra área de estudio”, lamenta.
“No hay Coordinador de Artes Escénicas, pese a que Rómulo Franco figura en el cargo. Él lo ocupa porque nadie más se propuso a hacerlo y nos está apoyando”, afirmó Pilar Durand días más adelante.

La tarde del 27 de agosto, había gente esperando en los exteriores de la Caja Negra., el lugar donde los alumnos de Artes Escénicas realizan varios de sus cursos. Todos están haciendo cola, impacientes por las funciones siguientes. Hay una gran concurrencia. Algunos son afortunados y van y vienen despreocupados pues tienen una reservación en mano solicitada desde la semana anterior. Estos son la gran mayoría. Otros menos afortunados hacen cola por unos pocos lugares desocupados. Por último, están los menos esperanzados aguardando con la certeza de que alguna reservación terminará en ausencia. Estos son la gran mayoría en la cola.

Las dos productoras ejecutivas se encuentran atendiendo a los presentes, organizando el ingreso en base a una lista escrita a mano. Se va acercando la hora del espectáculo y ven desconcertadas la gran multitud que tienen en frente. Son casi una centena y el lugar tiene capacidad solo para un poco más de la mitad. Pese al dilema, deciden abrir las puertas y acomodar a la gente de tal manera que la mayoría entre. Dentro de la Caja Negra, se acomodaron cinco filas de asientos: dos a nivel del suelo y tres ligeramente elevadas. Así mismo, el número de filas no supera la docena y todas están muy juntas, volviendo difícil desplazarse entre ellas. Una vez que todos están instalados, las luces se encienden y la música anuncia el comienzo de la obra. No existía separación alguna entre el escenario y los asientos, pues compartían el mismo suelo.

“Hacemos el esfuerzo porque todos ingresen pero nos está prohibido exceder la capacidad máxima. Preferiríamos el Centro Cultural de la Universidad Católica para eventos como este”, comentó Melissa Ramos algunos días después.

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