Durante su época en el colegio Santo Toribio en el Rímac, Alexis dedicaba buena parte de su tiempo llenando
blocks y escribiendo novelas. Llegó un momento en que su padre le permitió utilizar su máquina de escribir, una
Olympia traveller de Luxe, para redactar grandes pliegos de 500 a 600 hojas. Se acercaba, además, a la biblioteca de su colegio. Era pequeña, pero poseía textos históricos elementales que examinaba durante horas. Luego de haber leído
La guerra y la paz, quería hacer la versión peruana de la obra de Tolstoi.
Cuando ingresó a la universidad, no tardó en enseñar con entusiasmo sus cuadernillos a cuanta persona tuvo cerca. Se aproximó a personas en las cafeterías quienes, luego de algunas ojeadas a sus textos, dictaminaron las mismas opiniones: “no tiene estructura, le falta economía verbal, los argumentos duran unas cuantas páginas y luego desaparecen”. En síntesis, esas líneas eran puras tonterías.
Alexis había pasado la mitad de su vida dedicado a escribir historias que parecían no tener ningún valor. Su vocación empezó hace varios años.
Un día se encontraba entre una multitud por el Jirón de la Unión. Todos estaban formados en una fila hace horas, pues en la cartelera se anunciaba el re-estreno de La guerras de las galaxias. Asistió acompañado por sus padres. Fue la primera vez que los vio trajinados por una función.
Todo lo que vino después de que el proyector empezó a ‘revelar’ las imágenes fue fiesta, variedad y épica. Para Alexis, con apenas siete años, significó una explosión de las posibilidades de la fantasía -en especial porque vivía en un país que, por entonces, era gris y monótono.
En esa época y como todo niño, Alexis pasaba muchas horas frente al televisor. Cuando su madre, Marlene Castro, lo advirtió; exhortó a su esposo, Alejandro Iparraguirre, de hacer algo al respecto que, efectivamente, hizo. Convencido de la importancia de los libros, le prometió que le compraría unos comics que le gustaban a cambio de que leyera cierta cantidad de libros por semana. El pequeño Alexis accedió.
Empezó leyendo los ejemplares que tenía a la mano. Luego, le fueron comprando más a medida que los iba terminando. Iba acompañado de su padre a los puestos de periódicos -en donde vendían los libros. Se consiguió la colección de Best Sellers de la editorial Oveja Negra de Gabriel García Márquez. Eran los libros más vendidos del siglo XIX. Los ejemplares de las décadas de los sesenta y setenta todavía no llegaban a América Latina. Aún así, pasó horas encerrado en su cuarto, dedicado únicamente a leer.
Cuando sus textos habían sido rechazados, sintió que todo el tiempo que dedicó a escribirlos había sido en vano. Sin embargo, en vez de sentirse frustrado, buscó ejemplos que le enseñaran cómo escribir. Marco García Falcón, uno de los críticos de su obra, le incitó a leer algunos autores como Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. Apenas revisó los escritos, encontró un enorme deleite.
Marco estudiaba Literatura y Lingüística al igual que Alexis. Se había reincorporado a la universidad luego de haber estado un tiempo hospitalizado. Antes de eso, seguía la carrera de Derecho, pero, luego de haber leído tanto mientras estuvo postrado en la cama, decidió que otra sería su profesión -pese a las objeciones de su padre.
En aquella época, el plan de estudios de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) de los primeros ciclos era más amplio que el actual. No obstante, la asistencia no era obligatoria. Ese fue un ‘privilegio’ ganado mediante protestas que hicieron los alumnos de Estudios Generales Ciencias en la década de los setenta. A veces, Alexis optaba por ausentarse en algunas de sus clases. En igual acto incurrieron sus compañeros: Wilfredo Lévano, Pedro Tenorio, Raúl Burneo, Josemarí Recalde y, por supuesto, Marco García. Muchos de ellos habían ingresado a la PUCP con la idea de estudiar otras carreras, pero cambiaron de opinión porque no se sentían felices.
En sus ratos libres, todos se juntaban en la cafetería para discutir sobre literatura. A esas reuniones se sumaban alumnos de otras especialidades. Alexis recuerda con humor a un amigo que estudió y se graduó en Contabilidad. Una vez cuando todos estaban juntos les dijo: “nada va a cambiar que ustedes estudiaran lo que les gusta porque serán infelices. En cambio, yo estudio lo que no me gusta. Seré infeliz, pero tendré plata”.
No todos participaban de las reuniones. Algunos preferían la vida social intensa fuera de la universidad. Había uno en particular fanático de las fiestas de Barranco y Miraflores. Su nombre era Santiago Roncagliolo. Nadie imaginó siquiera que le gustara la literatura.
Alexis era un joven bastante jovial y con un gran sentido del compañerismo. Todos sus amigos lo recuerdan elocuente en las reuniones. No parecía que hubiese algo que le gustara más que la literatura, ni siquiera las mujeres. Era aún más efusivo con alcohol en mano, dicen sus amigos. No creían que algo lo perturbara. Wilfredo Lévano recuerda una frase que una vez Alexis le dijo a un amigo con quien difería en opiniones: “somos amigos por contraste. Cada uno complementa al otro”.
De niño, Alexia había sido completamente diferente. Durante toda la etapa escolar no tuvo enamorada ni grupo de amigos estable. Llegó a participar en un grupo pastoral católico, donde encontró sus primeras amistades. Hicieron actividades relacionados con la evangelización. Ahí se labraron sus primeros cuestionamientos sobre la fe. Alexis hizo muchas preguntas, pero todas fueron contestadas de la misma forma: “sé hombre de fe, calla y cree”.
Luego de haber leído tanto en la universidad, Alexis decidió que era hora de ponerse a escribir. Las clases, junto con las discusiones en las cafeterías, lo llevaron a admirar la obra de Ítalo Calvino y su idea del “libro orgánico”. Tenía en mente varios cuentos con un tema único. El problema era de qué iba a escribir.
Durante uno de sus cumpleaños pasó un hecho que encaminaría su literatura. Había invitado a un grupo de amigos a su casa. Entre los asistentes se encontraba la chica que le gustaba. Todo iba sin problemas hasta que ella cometió una desfachatez: se levantó la blusa y le mostró sus senos a un amigo de Alexis. Él no dijo nada en ese momento, pero sentía un enorme coraje por dentro. Hubiera querido matar a todos en el lugar. Fue entonces que se le ocurrió su primer cuento.
Pese a que Alexis era un lector empedernido, no dejaba de lado otros géneros artísticos. Le agradaban los thrillers policiales e incluso la animación japonesa. No dudó en apropiarse de algunos de sus elementos. Asimismo, recordó el primer libro del que tiene memoria: El Apocalipsis de San Juan. Su abuela se lo leía por las noches.
Entre las clases que más disfrutó fue la de Literatura Griega Clásica que dictaba Ciro Alegría Varona. En aquel entonces, Alegría acababa de volver de Alemania contagiado del arte ateniense. Alexis se sintió impactado por Esquilo y su trilogía La Orestiada. Decidió que algo de todo eso entraría en su literatura.
Una vez que terminó sus estudios, deseaba dedicarse a la docencia dentro de la PUCP, pero ello era casi imposible para un recién egresado. Recibió una invitación de la Universidad de Piura como profesor por un año. Aceptó y, luego de que terminó su contrato, volvió a su casa de estudios para enseñar como jefe de práctica. Durante ese tiempo, una revista publicó uno de sus cuentos. No fue muy difundido y la revista hoy no existe.
Más adelante, Alexis cursó una maestría en Literatura Hispanoamericana. Tuvo la oportunidad de ser, por fin, profesor y acabar la investigación de su tesis. Posteriormente, cuando se abrió una nueva edición del Premio Nacional PUCP de Narrativa, decició participar sin el mayor entusiasmo. Como nunca antes, hubo un número alto de participantes. No sólo el reconocimiento lo inspiraba, también había varios miles de dólares de por medio. Insospechadamente, Alexis fue anunciado ganador y eso generó algunas suspicacias dentro del ámbito y la prensa literaria.
El libro de Alexis fue publicado. No obstante, por tratarse de una edición académica no tuvo mucha difusión. Su literatura continuaría en el anonimato, aunque al menos esta vez tenía algunos dólares en el bolsillo. Con ellos decidió viajar a Europa.
Una vez que lo despilfarró todo, volvió a su labor en la universidad. Como docente tuvo la oportunidad de acercarse a otras generaciones de estudiantes de literatura. Ahí conoció a Álvaro Lasso. Unos años más tarde, convencería a su ex-profesor de apoyarlo con la conformación de la editorial Estruendomudo. Para Alexis esto fue una oportunidad de hacer una segunda edición de su libro.
Decidieron organizar una presentación para esta nueva versión. Alexis escribió a todos para que asistieran: a sus amigos y a quienes apenas conocía. El evento tuvo lugar en el Jazz Zone Club de Miraflores. Alexis estaba instalado en una mesa sobre un pequeño escenario. A su lado estaban algunos de sus ex-compañeros de estudios, dirigiendo algunas palabras a los presentes. El local estaba repleto. Cuando le tocó el turno de hablar a Alexis, miró primero a su auditorio y conmovido dijo: “si no estoy llorando en estos momentos es porque estoy haciendo un verdadero esfuerzo”.
De vez en cuando, Alexis se reencuentra con sus compañeros, con unos más que con otros: Wilfredo Lévano es profesor en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), Pedro Tenorio ejerce el periodismo en Peru.21 y Raúl Bruneo es poeta y profesor en la Universidad de Georgetown. Desafortunadamente, Josemarí Recalde falleció. Su cuerpo fue encontrado con quemaduras que aparentemente él mismo se efectuó. Marco García escribe y trabaja para la PUCP. Uno de sus cuentos fue dedicado a la memoria a Josemarí.