Balada de un hamburguesero fugaz
Texto: Víctor Núñez desde la tierra de Ronald Mc Donald y el Coronel Kentucky
Foto: Atrápalo punto Blog
I
Solo exhala el vaho de un frío azotador que cala en sus huesos no tan protegidos. No duda al afirmar que las fuerzas le fallan y es que sus piernas ya no responden. Se da el tiempo de subir la mirada al cielo inconmesurablemente superior, quien, como a un semidiós, ve a un pequeño e insignificante individuo con casquito azul y zapatos de colegio nacional adiestrándose en el difícil arte de montar bicicleta…
Y atina a seguir pedaleando en un bosque oscuro digno de un terrorífico videojuego gringo…
Oh! inmigrante sudaca, alabada sea tu labor diaria de alimentar paladares americanos sedientos de grasa satinada, queso derretido y papitas con bastante ketchup. Alabada sea tu labor de engordar a pequeños y grandes, negros más que blancos, mujeres más que hombres. Eimen.
II
God bless América. Y mucho. Que bendiga al vagabundo que duerme bajo el puente, que bendiga al adolescente gringo que fuckea a tutilimundi. Que bendiga a la negra obesa que se pinta el cabello de blanco y usa uñas postizas de color verde fosforescente. Que bendiga al niño semiobeso con bermuda talla treinta y seis que pide hamburguesa triple con queso, papitas en tamaño large y Coca Cola Diet, como para amortiguar.
(…)
Siempre pensé que los Yunaites Esteits era una especie de San Isidro o San Borja a big size. Y mi apreciación no estuvo errada del todo: árboles en cada esquina y edificios que ofrecen cualquier servicio por un precio que termina en noventa y nueve centavos, a cuyo lado se aprecia la cara sonriente de gringo híbrido y candelejón. Sonrisita hipócrita del yanqui, digna del padre de la familia Ingalls. Dientes postizos, sonrisas fingidas.
Si algo se diferencia la lejana Lima de una desconocida Pensacola es que la gente te saluda. Y bastante. Te saluda el negro pituco, el negro lumpen, el negro con flow, el negro sin tanto flow, el negro piraña y el negro homosexual. Y no, no es que se quiera dar a entender que el lugar donde resido está infestado de gente de tal tez. Es sólo su impresión, amado lector.
(…)
Te suda la garganta, ya quieres sentir el típico olorcito a papas fritas y hamburguesa recién cocinada, pides tu Double Stack de noventa y nueve centavos porque hoy no te pagaron. Ya quieres estar en la mesa del Dinner Room y estrujar a punta de cinco soberanas mordidas tal sándwich: tus dientes ya están entrenados para deglutir quinientas ochenta y siete calorías (según la cifra oficial del Departamento de Nutrición del propio establecimiento) de purita comida chatarra. Que el doctor Pérez Albela se vaya al carajo: no hay tiempo para cocinar, sólo para tragar. Y rico.
III
“Infinita nostalgia panadera del tolette con Dorina”
Vaya que tiene razón el Chavón cuando narraba su exilio en Miami en la ya lejana ‘Maldita Ternura’. Y es que la comida peruana se echa de menos, más que a la ex que fue y es, más que al gileito de un sábado etílico, más que a la amiga que es y no es, más que al patita que se autodenomina mejor amigo. Nada se compara o hace mérito para llegar al pedestal de un arroz con pollo con papa a la huancaína. Nada.
Ahora ratifico ampliamente aquellos sosos reportajes dominicales de Panorama o Cuarto Poder que registraban la aparición de restaurantes peruanos en el extranjero. ¿Dónde carajos hay uno aquí en Pensacola? ¿Acaso estoy en el ass de América? ¿Acaso éste no es el típico sueño americano? ¿Acaso de esto no habla una canción del insoportable de Juan Luis Guerra? (Visa para un sueño. Sí, señito, yo también la bailé).
Of course, babe. Pensacola no es más que una híbrida ciudad de pavimentos resquebrajados e iglesias que profesan cuchumil religiones. M, un mantecoso, variopinto y cuarentón ciudadano de corazón americano (como él mismo se autodenomina) que he conocido en mi estadía, me dijo que Pensacola fue fundada por inmigrantes hispanos y que hasta el rey Fernando VII y su esposa vinieron aquí hace más de doscientos años. “Oh really?” le atino a responder con mi inglés masticado, mediocre, forzado, cansado, digno de publicidad de Instituto para que sepa cómo no se debe hablar tal idioma…
Nota del autor: Sólo para aclarar, malditos bastardos, no soy racista ni pretendo serlo; es más, he conocido a muy buenos compañeros del trabajo que tienen tez oscura. Hay otros, sin embargo, que se hacen mentar la madre casi todos los días. Y como no saben español, mejor aún. Y si creen que algún comentario ha sido ofensivo, me da igual.





















