La comunidad maldita de la avenida Zarumilla y alrededores

Texto: Ronald Cotaquispe
Foto: Rusknini Blog
Déjame que te cuente una historia. Es sobre un chico a quien trágicamente conozco. Él tiene un gravísimo problema: comparte vecindario con gente hórrida, extraña e insana. Esto le ha traído más de una terrible vivencia y, sumido en la desgracia, su existencia ve derrumbada. No te abrumo con más preámbulo. Bueno, solo una advertencia añado: aunque parezca de la más retorcida ficción, es verídico lo que viene a continuación.

El chico del que hablo tiene una faena extravagante: es un obligado viajante. Su itinerario es siempre igual, al inicio y al final, pues su barrio, como sea, debe surcar. Eso no sería problema si no fuera porque, para él, esto es una tarea peligrosa e inevitable. No obstante, tanto atraco lo ha embravecido. En su desesperación, ha forjado un insólito repelente: camina con los brazos cruzados, mientras menea la cabeza como exorcizado. Así cree protegerse del próximo atentado.

Esta excentricidad suya le ha servido en más de una disputa. Te cuento una abrumadora. Harán seis meses atrás, cuando él, encorajinado, aguardaba en el paradero. Él siempre se encuentra así; en aquella ocasión con mayor razón: tres inhóspitas presencias detectó.
Regados, malintencionados, acechaban en una siniestra intemperie. Él los tenía marcados de reojo. Así, cree advertir la maliciosa aproximación de uno. El chico se impuso y salió a arremeter, pero luego descubrió que la cosa no era con él. Una señora que subía a un bus era la próxima a atracar. Pero, con aquella acción, la cosa cambió. Frente a frente quedó con el agresor, mientras la otra se largó sin expresar gratitud. Cabreado, el facineroso soltó sus más amenazantes improperios, al muy estilo de los propios de esos barrios. El chico no respondió. Más bien, procedió como a continuación: estaba atento al injuriador pero sin darle frente ni mirarlo al rostro.
Ignorado, el agresor continuó vilipendiando. El chico, hastiado, se le acercó caminando, mientras que con sus ojos le quedaba mirando. En esa gesta, el maleante retrocedió y lo miró raro, pese a que todavía maldecía. Un cómplice se hizo presente. Trató de ser él quien al chico amedrente. Lo doblaba en tamaño, pero no le hizo el más mínimo daño. Apenas lo tocó para alejarlo y luego se hizo a un lado, mientras el chico se le quedaba observando en su insólita forma.
Los maleantes se retiraron y el chico abordó el bus que esperaba. Allí, en su viaje, pensaba en lo ocurrido y en los agresores, y fantaseaba al respecto.
Pese a salir intacto, el chico, lo ocurrido, considera desgraciado y esto por un hecho muy sencillo: los rostros de aquellos facinerosos no olvida y a cada rato reencuentra. A pocos pasos de su casa deambulan.
Puentes, paraderos y callejones son sus estancias predilectas. Están ahí siempre que el chico camina por la avenida y siente cómo lo examinan con mirada pervertida. Te diré qué tan seguido los encuentra. Solo habían transcurrido tres días desde el atentado pasado.
El chico se encontraba, entonces, viajando en autobús. Sentado e irritado, aguardaba poder trasladarse de su vecindario, pues el vehículo apenas había abordado y la pista estaba atestada de kilómetros de tráfico. En ese momento, se produjo un estruendo que a todos en el lugar agarró de improviso y estremeció.

El chico desde la ventana buscaba la fuente del alboroto. Casi a su costado encontró una escena ya bastante conocida: tres hampones provistos de palos y piedras embestían contra un taxi acorralado en todos sus lados por vehículos pesados. En cuestión de segundos le rompieron las lunas, introdujeron la mitad sus cuerpos por las aberturas y se adueñaron de todo cuanto pudieron. Luego, emprendieron carrera con el botín entre las manos hacia un descampado.

En todo ese momento, la gente en el resto de los vehículos observaba atenta y comentaba lo ocurrido. El chico, mientras tanto, el espectáculo ojeó solo un rato y luego miró para otro lado.

Dos días después, el chico se encontraba otra vez esperando en el paradero de su vecindario. A su lado, muy cerca, se hallaba un sujeto malintencionado. Aquel ya lo había identificado y se le queda mirando a su manera. El chico pronosticaba una contienda, pero una coaster se detuvo en frente de ambos y el delincuente procedió distinto a lo previsto: abrió una de las ventanas del transporte, metió las manos y sustrajo las pertenencias de una pasajera. Luego, se retiró de la escena, conversando muy a gusto con una vecina.

Una semana más tarde, cruzando un puente, el chico advirtió un asalto inminente: parados en frente, dos sujetos tramaban algo despreciable. Igual pasa por sus costados y cruza sin apuros. Habiendo llegado al otro lado, volteó y vio a una joven que intentaba pasar por la misma senda. Pero, en el transcurso de su marcha, fue asediada y capturada, mientras su bolsa fue saqueada.

Caminando por su vecindario, es siempre el mismo panorama el que el chico va observando. Te diré cómo es. El pavimento está compuesto por escabrosos suelos empedrados. La llovizna lo vuelve fangoso y, al pisarlo, el chico siente sobresalto. Pocas viviendas tienen coloración y aun éstas, como el esto, palidecen en la parte de la azotea, compuesta de un irregular enladrillado y tétricos maderos como crucifijos. Así las cosas, el chico su vida ve acechada y nada le causa más congoja que un rostro extraño caminando con él a su lado, pues cree que solo le traerá desdicha. Esta idea viene con él desde temprano. A los ocho años sufrió su primer atentado cuando muy tranquilo sacaba su bicicleta a pasear; y digo pasear pues, torpe él, no la sabía manejar. En ese momento, dos sujetos gigantescos maliciosamente se le aproximaron. Lo que vino después fue desgarrador.
Solo te diré que el chico acabó sentado en la vereda, sollozando a varias cuadras de su casa. Desde entonces, el chico no quiso saber nada con lo que hay afuera de su casa y pasó sus ratos solo y confinado. En su claustro, el chico recordaba, hastiado, cada detalle de ese suceso y, en sus ratos solitarios, imaginaba que otra cosa hubiese ocurrido y hasta ahora continúa con esos pensamientos. Él sueña que aquellos depravados están usurpando y que él sale por las noches a devorarlos. Imagina que son material a su disposición, que los despedaza en piezas carnosas que luego vuelve a unir en horripilantes esculturas para así formar su museo personal. Todo eso lo hace, mientras escucha su música favorita que profesa su mayor consigna: There ’s no time to discriminate, Hate every mother- fucker that ’s in your way.

El texto fue publicado originalmente en la revista de estudiantes de la PUCP Impresión. Ver la versión completa aquí.

3 Comentarios

  1. Gerardo_M /

    Lo que hasta ahora no entiendo es si este texto es un poema en prosa o una crónica en verso… De cualquier forma fue el texto que más me gustó de Impresión.

  2. Ronald /

    Eso es casi como preguntar: ¿quién fue primero, el huevo o la gallina? Yo incluso diría que esta freakeada es a duras penas una crónica periodística.

  3. Ronald /

    Y por si les interesa, este es el cortometraje que inspiró la narración del texto: http://www.youtube.com/watch?v=irGNDWxq3Qg. Es el primer film que hizo Tim Burton en toda su carrera, también inspirado en un poema que él mismo compuso (en inglés, claro está).

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