Los carnavales
Creación fotográfica: Sofía Pichihua (imágenes: Blog Studio 92, Arcomex, Norte de Santander)
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Sube Texto: Lorena Chauca Me gustan los carnavales, pero me gustan a la antigua, cuando los jugaba. Extraño mis sayonaras azules a las que siempre se les salían las tiras y mis rodillas sucias y flacas coloreadas de morado. Añoro los domingos mañaneros en la azotea de los abuelos, los primos reunidos tirando globos a los vecinos y el desbordante olor a betún Kiwi. Me gusta ver las bateas repletas de color amenazante y las niñas con shorts diminutos sentadas en las puertas de sus casas. Me gustan porque me traen recuerdos de mi barrio, de mis shorts y de mi tío. Lo recuerdo empapando a su esposa con bateas y riendo a mandíbula batiente. Ahora no le quedan ni bateas ni esposa, ni risa, ni hijos. Me encanta ser inmune a los chibolos porque indefectiblemente me he vuelto tía y lo bueno es que la ropa no se moja. Disfruto de los niños achorados pues me transportan al jirón de mi niñez, a mi pelo mojado, a la abundancia de piojos y a las trenzas chiquititas. Luego pienso en las guerras entre cuadras y en los globos de bolsa improvisados y demasiado dolorosos. Entonces, recuerdo al chico con el que todos molestaban; se llamaba Moisés como el que abrió las aguas, pero él no me abrió nunca nada aunque sí me lanzó agua: dos globazos desde su tercer piso que me malograron la espalda por dos días, lo que dicen las viejas que dura el amor a los 11. No recuerdo haber sido más libre que cuando correteaba a los chicos de la cuadra tirándoles cuanto globo podía o cuando les tomaba el pelo a los mayores pidiéndoles que abran mi retrete de juguete para verlos sorprendidos con un chorro de agua en la cara. Y luego correr hasta la esquina, a la tienda de Ramiro y pedirle la bolsita de globitos o, si la propina no alcanzaba, comprar con veinte céntimos sólo uno y mirando al suelo rogar por buena puntería. Disfruto que me mojen cuando sudo como bestia de carga, siempre y cuando no haya metida de mano ni cogoteada de por medio. Y ya con el agua en el polo pegadito pienso en las botellas plásticas de mi abuelo, los perfectos infladores para pobres. Sólo entonces me pongo triste, porque te recuerdo, mi compañero de juegos y recuerdo lo útil que eras en carnavales. Siempre amarrabas mis globos y me regalabas los tuyos cuando mis torpes manos los reventaban. Luego, cuando la presión del agua bajaba en ese San Martín inolvidable, acomodábamos con paciencia las botellas de Coca-Cola en el caño hasta que el triste chorro de nuestro lavadero las llenara y allí empezaba nuestro verdadero trabajo de equipo. Yo ponía el globo en el pico y tú presionabas con tu metro treinta la botella; me apurabas para que no se reviente el globo y luego me consentías amarrándolo como me gustaba, con su hijito en la punta: un globo partido en dos. Y ahora que se acerca el final de carnavales, veo a las calatas moviéndose en Río de Janeiro y pienso en lo mucho que te hubiera gustado avergonzarlas con las tetas que te pusiste poco antes de morir. |
Baja Texto: Ronald Cotaquispe ¿Qué puede decirse del carnaval peruano?, ¿que es una fiesta vecinal, agradable, en que muy felices nos baldeamos el uno al otro para estar fresquitos y no agotarnos con el sol quemante; o que más bien es el jolgorio de unos cuantos sátrapas que se alucinan faites, que se pavonean por dejarte empapado luego de un buen porrazo de agua, mientras ellos lucen totalmente secos? Está bien, es obvio que me inclino por la segunda alternativa y que odio los carnavales. La pregunta era sarcástica pero tú ya lo habías anticipado mucho antes de empezar a leer, porque, como habrás visto, amigo lector, soy el ‘Bajo’ de esta fecha. Pues bien, odio esa estupidez llamada ‘carnaval peruano’ por lo que representa: la oportunidad para que un huevón se las dé de pendejito, lanzando sus ráfagas de H2O en sus distintas modalidades: en globo, que cuando impacta, te duele; en pistola, que te deja una sensación punzante en el cuerpo; y/o en cubeta, que cuando te cae no sabes qué pasó hasta después de unos segundos, en que te descubres empapado y hecho un lorna a la vista de los transeúntes secos. Habrás notado, amigo lector, que he mencionado dos veces la palabra “secos”. Es que por estas fechas ese adjetivo, aunque frívolo, es valiosísimo entre los desventurados que osan ─y en verdad es una osadía─ deambular por las calles infestadas de esta plaga de “carnavaleros”. Habrás sentido, te lo aseguro, una sensación de alivio enorme cuando, luego de haber llegado a tu destino, palpas tu cuerpo y con todo derecho dices “uf… seco y limpio”. ¿No te jode, amigo lector, que el destino de nuestro buen ánimo esté en las manos de un pata que te arremete, escondiéndose en la seguridad de un piso alto. ¡Qué marica!, ¿no te parece? Una vez que hemos dejado de estar secos, nos queda aún el privilegio nada deleznable de estar limpios. Unos cuantos mililitros de agua encima, que seguro se evaporarán con el sol, no nos dañarán más que el orgullo por unos minutos. Lo peor es cuando ese líquido que nos arrojan viene con sorpresa, y tú sabes bien a qué me refiero. Imagina que te encuentras andando por la calle muy despreocupado -a unas pocas cuadras de tu casa o por un vecindario que te es desconocido (realmente eso no importa)- cuando de pronto se te aproximan unos sujetos cargando su mejunje carnavalero preparado especialmente para ti. Ya cuando te das cuenta (muy tarde), se te han abalanzado y estás cubierto con esa huevada que esperas sea pintura y nada más que pintura. Ahora la pintura ha pasado a un segundo plano, pues el preparado ha ganado más ingredientes. ¿Cómo lo sé? Pues justo por estas fechas -no es broma- he visto por la calle a un niño, que luego de una buena carnavaleada, salió teñido de un color marrón como la misma mierda. ¿Es que ahora debemos salir a la calle a riesgo de terminar oliendo a caca? What the fuck! Ahora así, amigo lector, no me vas a negar que el carnaval peruano da asco literalmente. ¿Fiesta vecinal agradable? My ass. |




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