Un clásico a medio tiempo
Texto y fotos: Alonso Pahuacho
Había pedido una tarde calurosa debido a mi resfrío pero el sol salió no solo a hacer su trabajo, sino que de paso quemó todas las ilusiones del hincha aliancista. Las tribunas lucían repletas a pesar de los elevados precios de las entradas en boleterías y las infames especulaciones de los revendedores que volvieron a hacer su agosto en pleno marzo. En la calle, en medio del tráfago de hinchas, pregonaban como si se tratase de un mercado cualquiera:
- ¡Tengo sur, oriente!, si te sobra compro entrada…
Me dieron ganas de revender mi boleto de oriente que había comprado con anticipación el viernes (estaba S/.35) y ganarme algo extra. Total, estaba enfermo y sabía que no duraría mucho en el estadio. Estaba equivocado.
Del calor pasé al nerviosismo: mis amigos no llegaban y al final tuve que entrar solo al estadio. He ido muchas veces solo, pero en un clásico nunca me faltó compañía. Me puse en la cola –que no estaba muy larga- e ingresé directo al cacheo policial. El agente me empezó a revisar hasta que se detuvo en mi cintura: había detectado mi canguro camuflado bajo mi polo negro que me daba el aspecto de tener una panza enorme. No fueron necesarias las preguntas, yo mismo lo abrí y le mostré la cámara. Él no me vio, buscaba algo.
- ¿Y las pilas?
Nunca me habían hecho problemas por las pilas, a pesar de que era común el decomisar las baterías de radios, woodmans y cámaras digitales. Ensayé lo primero que se me vino a la mente.
- Se carga directo del USB…de la computadora.
La respuesta pareció convencerlo ya que no tenía mucho tiempo que perder con una sola persona. La cola ya estaba larga.
- Ya flaco, pasa.
Adentro, la tribuna estaba casi llena. En oriente no hay sombra y se sufre los embates del sol de frente, casi en la misma cara. Los asientos de plástico también quemaban, daba igual sentarse en uno azul o en uno blanco: todos estaban sucios y calientes. Saqué mi papel higiénico y me puse a limpiar, una costumbre que religiosamente profeso cada vez que voy al estadio. No llevaba reloj, pero tenía el celular: eran las 2:30 y faltaba aún una larga hora y media para el inicio del partido. Ajusté mis lentes ahumados y me puse a hacer lo que correspondía en una situación como aquella: mirar, oler y tocar.
En un estadio no se puede hacer mucho, salvo ver el partido. Sin embargo, hay otras cosas en las cuales también se puede prestar atención. La gente ya estaba encendida y las barras lanzaban cánticos provocadores unos contra otros, un desperdicio de voz y saliva. Muchos estaban semidesnudos e improvisaban sus polos a modo de pañoletas y carpas para las cabezas. A un lado, los vendedores de helados se burlaban de los bolsillos aliancistas al ofrecer dos BB por cinco soles, 250% del precio normal. Todo en la vida –incluido aún más el fútbol- es negocio.
El recibimiento para ambos equipos fue espectacular. Humo naranja para la U, blanco y azul para Alianza. El polvo se levantó y se coló por los ojos y narices de un público que se entregaba frenético al equipo de sus amores. Los cremas se fueron a saludar a norte, los grones a sur. Todo estaba listo, la fiesta estaba armada. A las 4:05p.m. el árbitro pitó el inicio del encuentro y también del sufrimiento.
Visto con el ojo crítico, el partido lo dominó Alianza Lima pero el gol y la victoria se la llevó Universitario. En el fútbol –caso paradójico- no importa que hayas sido tú el que haya generado más ocasiones de gol, tenido más la pelota o creado mejores jugadas de peligro. Este deporte no es de merecimientos, aquí gana el que hace los goles y punto.
La ‘U’ esperó un poco más y terminó por hacer su negocio, no por algo el arquero Raúl Fernández se convirtió en la figura del partido al atajar dos mano a mano aliancistas: Aguirre en el primer tiempo y Velásquez en el segundo.
Alianza fue sorprendido en el inicio del segundo tiempo con el gol de Galliquio. Luego de ello, se dedicó a atacar pero sin la claridad necesaria para lograr el empate. Una vez más, la falta de definición de sus delanteros le pasó la factura. Universitario planteó bien e hizo un negocio redondo: luego del empate esperanzador en México ante San Luis, ganó el clásico y se puso segundo en el campeonato. Ahora se le viene Cristal y sus hinchas esperan seguir con la senda ganadora.
La gente no esperó el final del partido para empezar a retirarse, mientras los que se habían quedado afuera ingresaban a empellones aprovechando la segundilla. No hubo salvación para Alianza: volvió a perder de local y desde el 2006 no puede vencer a Universitario en Matute. Ahora, relegado en la tabla, espera volver lo más pronto posible a los puestos de vanguardia, aunque con lo mostrado el domingo será difícil. Al hincha aliancista solo le queda esperar para curar sus heridas, aunque estas ya no cicatricen del todo bien. Total, como dice el viejo refrán aliancista: “Quien es de Alianza tiene que estar acostumbrado a sufrir”.

























