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20 Blogs Peruanos

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Sube y Baja

Facebook ¿rules o sucks?

Sube: Lorena Chauca
Baja: Carlos García

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Sube

Sí, lo acepto. Soy de las que no perdona un diario, de las que siempre se entera de los mejores chismes primero. Soy la que vive mirando fotos. No, aguanta. No las miro: las examino, las disfruto. Quizá por eso soy Facebookhólica.

Me divierte descubrir entre las sombras de una foto a un amigo, que con cara de violador, baila pegadito con quien él cree es una mujer, pero que en realidad es un travesti. Sí, esos son los momentos sublimes de la vida.

El Facebook me da todo lo que el Hi5 me negó. Entrar a álbumes que contienen fotos de gente que no conozco (ni quiero conocer). Saber cuál de ellos fue el ex novio del hermano de la prima de mi mejor amigo.  Conocer al hijo de la amiga que se embarazó a los quince. O aún más mediático, descubrir quiénes de mis amigas son patazas de la Manarelli y su Eva Bracamonte (pura peculina de pitucos).

Desde que tengo Facebook, tengo más amigos.  318 para ser exactos. Pero además, mis amixers más cercanos suelen rodearme cuando abro mi Facebook. Soy más querida y se lo debo a mi buena amiga Andre y su 90-60-90. Tampoco me puedo olvidar de mis “compañeras voleybolísitcas” y sus interminables piernas.

Tener Facebook es tener el poder. La Casa Blanca tiene 320.972 amigos en Facebook. También hay una Casa Blanca en Inglaterra, pero no tiene amigos, tiene fans: 150 fans que disfrutan del servicio a domicilio de “White House Restaurant”.

Antes no hubiese podido soñar con conocer a Alejandro Toledo. Por cierto, el ex presidente tiene 1226 amigos. El que nos cagó a todos es Obama. El presidente de Estados Unidos tiene 6.611.177 partidarios. Yes, we can.

Biotrónica. Ese es mi otro nombre. ¿Han visto ese juego? ¿No? Preocúpate porque es un juego para inteligentes. Digamos que ‘Biotronic’ es un michi moderno en el que si eres lento, fuiste.

Seguro que ‘Crazy Combi’ sí te suena familiar. Y si no, pues ¿qué te pasa? ¿Estás en drogas? Ah ya. Estás peor todavía. ¿No tienes Facebook, no? Te advierto cholito, que sin Facebook, no existes. Es casi casi como poner tu nombre en Google y obtener cero resultados.

Ok. Disculpa. De repente fui algo brusca. Te lo digo despacio si quieres: Á-BRE-TE UN FACE-BOOK, CA-RA-JO.

Baja

Este texto es para ti. Sí, tú que tienes como página de inicio en tu explorador de Internet a la red social más grande del mundo: Feisbuk.

Debo comenzar diciendo que no tengo una cuenta de usuario en dicha web. Pero a mis oídos han llegado las bondades y milagros que dicen tiene, las miles de utilidades y más bla, bla y bla.

No tengo feisbuk porque no quiero tener un millón de amigos. Me conformo con los que tengo. No quiero ser agregado por algún pata de mi facu que me parece un completo idiota, pero que se muere por ser mi amix virtual, a pesar de que no crucemos una sola palabra cara a cara. Tampoco quiero ser amigo de un bot disfrazado de jeque árabe, ni mucho menos tener en mi lista a Melcochita.

Simple, me dirán, no los aceptes y punto. No es tan fácil, detesto recibir en mi bandeja de entrada solicitudes de amigo que nunca responderé, y reconozco ser flojo para borrarlas.

Tampoco tengo las fotos típicas del feisbuk: reuniones con gente sonriente rodeada de botellas de chela y vasos en mano. No soy cool, pero tampoco quiero serlo, y mucho menos aparentarlo.

No me verás en esa web social porque detesto tener que leer las actualizaciones de la gente. Detesto enterarme si alguien abrió o no una ‘galleta de la fortuna’ que viene con un mensaje grabado por default. Detesto aún más que lo publiquen para que todos se enteren. Y peor aún si es que se la creen.

Seguro ya te cansaste y te pusiste a cocinar en ‘Restaurant City’ o a criar una mascota en ‘Pet Society’. Agarra tu sartén y fríe un huevo, agarra a tu perro y báñalo de verdad. Te gusta ‘Crazy Combi’, ja, me río. ¿Te hacen ser mejor persona esos jueguitos? ¿Te ayudan a ser el número uno de la clase? Simplemente te da la satisfacción de decir que pasaste a tu amigos (o amix virtuales).

¿Tienes mil amigos en feisbuk?. Ja, te apuesto que conoces a 20 de ellos, seguro eres amigo de 10 y sabes la vida y milagros de 5. Si quieres ser mi amigo, búscame en la vida real.

PS: También se puede dar el caso de fines útiles en feisbuk, pero los casos son contados.

La cumbia

Sube: Lorena Chauca
Baja: Carlos García

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Composición gráfica: Sofía Pichihua (imágenes: Tomador de fotos, Cumbia.com.pe, Sólo cumbia peruana, Desde la clandestinidad)

Sube

Todo empezó con Miguel o Miguelón , como le dicen en mi barrio. Es su culpa, de eso no hay duda. Ponía su música a todo volumen y muy pronto aprendí los hits de Radio Inca Sat -¡imperial!-. Odiaba a Miguelón por eso. Mientras en mi colegio clasemediero las chicas se aprendían los pasos de los Backstreet Boys y otras aún más ingenuas comentaban la virginidad de Britney Spears, yo tarareaba -mentalmente- las últimas cumbias del momento gracias al cuarentón de Miguel. Supe que estaba en problemas cuando me aprendí la letra de Ada Chura y su movimiento epiléptico de cuello pero cuando la vi saltando en un vestido rojo con una panza de 8 meses de embarazo, supe que era ella la de los problemas.

Eso sí, nunca me gustaron grupos como la Joven Sensación o Skándalo; el único tic tic tac que recuerdo es el del reloj azul que usaba en esos años. El asunto era otro con Néctar. Canté ‘El arbolito’ hasta el hartazgo y a pesar de ver su videoclip, me gustaba la canción. ¿Me avergonzaba de escuchar cumbia? No, porque me vacilaba. Yo era algo así como el Tongo de mi promoción, me encantaba mover los dedos índices para arriba y para abajo mientras me mordía fuertemente el labio inferior.

Es bueno escuchar cumbia porque no hay música más democrática. El cholo, el chino, el negro, el gringo, la monse, la bitch, la borracha; todos, juntos y revueltos, pueden gozarla. Yo la he bailado con gringos y con negros, con emos y con punks, con nerds y con ‘gileros’. Es de todos, de todas maneras.

Adoro la cumbia porque se puede sufrir pero también gozar y ¿qué puede ser más peruano que eso? Cuando Chacalón dice que se levanta muy temprano para ir con sus hermanos, ¡ayayayay!, a trabajar, muevo los hombros de manera descontrolada mientras recuerdo las épocas en las que me levantaba a las 5 de la madrugada para ganarme unos centavos. Cuando escucho la musiquita de ‘Ojalá que te mueras’ pienso en todos aquellos seres humanos que efectivamente merecen la muerte. Cuando Juaneco dice que su abuelo se ha muerto, le creo y sólo me pregunto ¿cuánto masato habrá tenido que tomar para conseguirlo? Cuando el vocalista de Los Ronish les pide a sus amigos que le traigan cerveza porque quiere tomar para olvidar, espero sinceramente que le hayan alcanzado un vaso.

Esa es otra buena razón para escuchar cumbia: la cerveza. No hay cumbia sin chela y en estos últimos años, tampoco hay chela sin cumbia. Son la combinación perfecta, mejor que la Inca Kola con anticuchos o Tongo con pituca. Lo que me lleva a la última y mejor razón por la que me gusta la cumbia: amo a Tongo. Me parece el ser más espectacular que ha creado este país. Me aloca su pelo largo, sus frases inolvidables, su mirada fija mientras nos cuenta que tiene una pituca y que se pasa las noches llorando por ella.

Al final, me gusta la cumbia porque soy angurrienta, envidiosa y rencorosa, y le deseo el mal a cualquiera que se atreva-o se atrevió- a dejarme. Arranca, arranca, nomás o como dirían los hnos. Yaipén: “A llorar a otra parte…”.

Baja

7:30 am de una mañana cualquiera. Dormitado en el bus que ha de llevarme a la universidad, termino de despertar con los estridentes sonidos de un ritmo tropical. Mezcla de teclado y vientos algo desafinados que repiten su melodía canción tras canción acompañados de una voz estridente y arreglada gracias a la tecnología musical. Señoras y señores, con ustedes la cucucumbia.

No tengo nada en contra de cualquier género musical, pero todo tiene un límite. Aunque he de empezar reconociendo que lo único bueno de la cumbia fue borrar del mapa al nefasto reguetón, esa repetición de tun tu tu tun desesperante que llenaba la ciudad. La cumbia ocupa ahora ese lugar  otorgado por aquellos que gustan de escuchar algo que está de moda.

La cumbia se baila en todos lados. En una pollada bailable en el cerro El Pino, hasta en las fiestas más pitucas de la sociedad limeña. Y así sucesivamente inunda de a pocos como una ola, casa por casa y calle por calle. Nadie va a decir que no ha escuchado cucucumbia o que no ha tarareado alguna vez una de esas tantas canciones que repiten una y otra vez por la radio.

¿A qué le canta la cumbia? A todo. Desde el amor por computadora, hasta las ganas de ver desaparecido de la faz de la tierra al ser ahora odiado. En otras palabras, este género le canta, con voz nada armónica, a sentimientos primitivos. Y debo decir que muchas veces las letras suenan demasiado repetitivas.

Hablando de sonidos, la cumbia sólo suena bien en un CD. ¿Por qué? Pues los cantantes no tienen voz, o sea la tienen pero no para cantar delante del público con parlantes gigantes. He ahí la importancia de un buen arreglista musical que ecualiza la voz para que no sea un desastre. En vivo, la cucucumbia, ‘no pasaaaaa’.

¿Aún no te convences? Bueno, puedes probar armando un grupo de cumbia para alcanzar una fugaz fama. Todo empezó con ‘El Embrujo’ y se hizo tan famosa la canción que hasta cinco grupos la tocaban y sin pagarle regalías al compositor. Al final un solo grupo se apoderó del hit, pero hasta ‘Tongo’ la canta en sus conciertos.

La primera ola llegó con el accidente que acabó con la vida del grupo Néctar. Se escuchó una y otra vez ‘El Arbolito’ en todos lados y poco a poco fueron apareciendo otros grupos para rendirle tributos a los liderados por el desaparecido Jhonny Orozco. Un punto interesante es que la cumbia que ahora nos inunda no es la misma que hacía Néctar, la cual era heredera de Chacalón y Los Shapis. La que bailamos es de origen norteño o caribeño si se quiere ampliar más el término.

Dicen que si no puedes contra el enemigo te le debes unir. Pero no lo voy a hacer, no cantaré canciones sin sentido como el ‘Tao tao’ o ‘La Culebrítica’. Tampoco entonaré ‘Ojala que te mueras’ o ‘Motor y motivo’, mucho menos se las dedicaré a alguien. Por ahora he de resistir la repetición de sonidos tan poco elaborados y desafinados, hasta que algo peor llegue a ocupar su lugar.

 

El cole

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Creación fotográfica: Sofía Pichihua (imágenes Pueblo España, Carlos Steeb )

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Texto: Carlos García

Recordar los días del cole es pensar en tiempos ya ajenos y distintos. Es volver a despertarme temprano en las mañanas para tomar el desayuno en el umbral de la puerta, aún con sueño y alguna legaña de por medio, y salir apurado luego de casi derramar mi taza de leche sobre el recién planchado y reluciente uniforme escolar.

He tenido once veces un primer día de clases. Cada uno distinto del otro, aunque la mayoría tiene siempre como denominador común el factor reencuentro. La tertulia nunca falta, y a pesar de saber que las vacaciones tardarán en llegar lo importante es pasarla bien con los patas.

La primera vez que uno pisa un cole lo hace con miedo y con los ojos llorosos. Recuerdo mi foto de primer día: camisa blanca, corbata ajustada al cuello, mochila cargada de cuchumil útiles (cuadernos, goma, tijera, libros, papel de lustre, colores, plumones, etc.), lonchera de Los caballeros del zodiaco y, para rematar, una cara de no saber lo que estoy haciendo. Creo no ser el único que tiene una foto así.

A veces sucedía, en primaria, que al saludar a algún compañero (compañerito, diría mi madre) no recordaba su nombre. Lo curioso era que a muchos les pasaba lo mismo, pero no impedía que intercambiemos nuestras aventuras de verano. Cada uno contaba lo que había hecho y lo que quiso hacer pero no pudo, con el toque de exageración que todo niño sabe agregar.

Cuando uno crece las cosas cambian. Muchos dejamos de preocuparnos por las historias de verano para darle una mirada, o un silbido, a la nueva profesora de primer grado. Preferimos gastar nuestra saliva en comentar lo bien que se le ve cuando viene y cuando va. Nos reímos también del grupo de profesores que en círculo miran de reojo a la joven y bella profa.

Mi último año de cole lo pasé en la escolta. Ya no podía darme el lujo de conversar con mis patas sobre flacas y profesoras nuevas el primer día, pues debía estar marcando el paso mientras recordaba los pasos del ritual de izar la bandera. El uniforme bien puesto y los zapatos brillantes (o por lo menos aparentemente) para pasar al frente de la formación a paso marcial mientras los niños de primaria me miraban con admiración, sin saber que de niño yo hacía lo mismo que ellos. Mi madre era infaltable, veía a su hijo sin perderse  un solo detalle; mientras, bandera en mano, dentro de mí repetía: “No la cagues”.

Los primeros días de clases siempre son inolvidables pues siempre pasa algo. Luego de tener once primeros años escolares uno termina recordando con agrado esos momentos y descubre los cambios por los que transcurre desde que fue el niño de la loncherita hasta ser el joven abanderado. Recordar es volver a vivir cuando hay gratas memorias ¿Qué recuerdan ustedes de sus primeros días de clases?

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Texto: Lauro Minaya

El momento había llegado, para los chicos de nuestra edad la libertad sólo duraba dos meses. Para nosotros (incluyendo a mis amigos) las vacaciones representaban una forma de vivir a nuestra manera (casi siempre escandalosa): nada que se le parezca a un buen misionero o alguien que profetiza la fe. Vivir bajo la opresión de usar el uniforme escolar, cortarse el cabello cada mes, moderar tu vocabulario y no ver con ojos de deseo a tus compañeras eran algunas de las cosas que más me disgustaban del colegio.

El primer día de clases todos llegábamos con las melenas hasta el hombro –lo cual fomentaba el desconcierto y la cucufateria de las autoridades que, de manera casi dictatorial, nos amenazaban que de no cortarnos las greñas al día siguiente, no nos dejarían entrar a las aulas. Lo peor de todo era que sí te dejaban entrar, sólo que luego entraba el Jefe de Normas y empezaba a llamar por apellido a todos los rebeldes pelucones, te sacaban con todas tus cosas y llamaban a tu casa. Recuerdo las palabras de mi madre al volver a mi hogar, cansado, abatido y herido en mi orgullo heroinómano: “Hoy mismo te cortas ese pelo, ¿desde cuándo mi hijo se convirtió en un hippie –lin?”

Otra cosa que me disgustaba de volver a clases, era tener que usar el uniforme escolar que en el calor (entre marzo y abril) te hacía sudar el colgajo (por aquel pantalón de tela que no sé de qué material era ni quiero averiguarlo); y en el invierno padecías de frío, pues las reglas eran que no podíamos usar ropajes que no pertenecieran al uniforme establecido, eso le quitaba identidad a los colores de la institución. Menuda mierda.

En cuanto a los profesores, eran pocos los que llegaban a conseguir la simpatía del alumnado, en mi promoción el único que lo consiguió fue el profesor Bazzo. Nos enseñaba geopolítica, geografía e historia, y no bastando con eso, animaba al grupo de varones a escuchar música de la época como Deftones, Metallica y mi grupo favorito: Héroes del Silencio. Era un profesor joven y seguro de sí mismo, y a diferencia de los otros no tenía una apariencia  rufianesca y mandona, más bien parecía honrado y confiable: uno más del grupo, alguien al que le podíamos contar incluso ciertas opiniones, que eran muy nuestras, en relación al cole.

No sé si el colegio lo usaba de puente para llegar a nosotros, para conocer nuestras inquietudes y saber cómo éramos en realidad. Eso nunca nos importó. Bazzo siempre se las arreglaba para al final de las clases conversar un poco con nosotros sobre temas que no tenían nada que ver con los cursos que enseñaba: charlas donde la música y las bandas que escuchábamos eran los temas favoritos a tratar.

Realmente, nunca entendí la eterna desconfianza de los profesores en mi época colegial, el querer llegar a los alumnos brindándote una supuesta y artificial amistad, la excesiva convencionalidad, así como las reglas innecesarias a las cuales teníamos que someternos; eso era lo que me jodía de volver al colegio. ¿Qué es lo que te jodía a ti?

Los carnavales

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Creación fotográfica:  Sofía Pichihua (imágenes: Blog Studio 92, Arcomex, Norte de Santander)

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Texto: Lorena Chauca

Me gustan los carnavales, pero me gustan a la antigua, cuando los jugaba. Extraño mis sayonaras azules a las que siempre se les salían las tiras y mis rodillas sucias y flacas coloreadas de morado. Añoro los domingos mañaneros en la azotea de los abuelos, los primos reunidos tirando globos a los vecinos y el desbordante olor a betún Kiwi.

Me gusta ver las bateas repletas de color amenazante y las niñas con shorts diminutos sentadas en las puertas de sus casas. Me gustan porque me traen recuerdos de mi barrio, de mis shorts y de mi tío. Lo recuerdo empapando a su esposa con bateas y riendo a mandíbula batiente. Ahora no le quedan ni bateas ni esposa, ni risa, ni hijos.

Me encanta ser inmune a los chibolos porque indefectiblemente me he vuelto tía y lo bueno es que la ropa no se moja. Disfruto de los niños achorados pues me transportan al jirón de mi niñez, a mi pelo mojado, a la abundancia de piojos y a las trenzas chiquititas. Luego pienso en las guerras entre cuadras y en los globos de bolsa improvisados y demasiado dolorosos.

Entonces, recuerdo al chico con el que todos molestaban; se llamaba Moisés como el que abrió las aguas, pero él no me abrió nunca nada aunque sí me lanzó agua: dos globazos desde su tercer piso que me malograron la espalda por dos días, lo que dicen las viejas que dura el amor a los 11.

No recuerdo haber sido más libre que cuando correteaba a los chicos de la cuadra tirándoles cuanto globo podía o cuando les tomaba el pelo a los mayores pidiéndoles que abran mi retrete de juguete para verlos sorprendidos con un chorro de agua en la cara. Y luego correr hasta la esquina, a la tienda de Ramiro y pedirle la bolsita de globitos o, si la propina no alcanzaba, comprar con veinte céntimos sólo uno y mirando al suelo rogar por buena puntería.

Disfruto que me mojen cuando sudo como bestia de carga, siempre y cuando no haya metida de mano ni cogoteada de por medio. Y ya con el agua en el polo pegadito pienso en las botellas plásticas de mi abuelo, los perfectos infladores para pobres. Sólo entonces me pongo triste, porque te recuerdo, mi compañero de juegos y recuerdo lo útil que eras en carnavales. Siempre amarrabas mis globos y me regalabas los tuyos cuando mis torpes manos los reventaban.

Luego, cuando la presión del agua bajaba en ese San Martín inolvidable, acomodábamos con paciencia las botellas de Coca-Cola en el caño hasta que el triste chorro de nuestro lavadero las llenara y allí empezaba nuestro verdadero trabajo de equipo. Yo ponía el globo en el pico y tú presionabas con tu metro treinta la botella; me apurabas para que no se reviente el globo y luego  me consentías amarrándolo como me gustaba, con su hijito en la punta: un globo partido en dos.

Y ahora que se acerca el final de carnavales, veo a las calatas moviéndose en Río de Janeiro y pienso en lo mucho que te hubiera gustado avergonzarlas con las tetas que te pusiste poco antes de morir.

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Texto: Ronald Cotaquispe

¿Qué puede decirse del carnaval peruano?, ¿que es una fiesta vecinal, agradable, en que muy felices nos baldeamos el uno al otro para estar fresquitos y no agotarnos con el sol quemante; o que más bien es el jolgorio de unos cuantos sátrapas que se alucinan faites, que se pavonean por dejarte empapado luego de un buen porrazo de agua, mientras ellos lucen totalmente secos?

Está bien, es obvio que me inclino por la segunda alternativa y que odio los carnavales. La pregunta era sarcástica pero tú ya lo habías anticipado mucho antes de empezar a leer, porque, como habrás visto, amigo lector, soy el ‘Bajo’ de esta fecha.

Pues bien, odio esa estupidez llamada ‘carnaval peruano’ por lo que representa: la oportunidad para que un huevón se las dé de pendejito, lanzando sus ráfagas de H2O en sus distintas modalidades: en globo, que cuando impacta, te duele; en pistola, que te deja una sensación punzante en el cuerpo; y/o en cubeta, que cuando te cae no sabes qué pasó hasta después de unos segundos, en que te descubres empapado y hecho un lorna a la vista de los transeúntes secos.

Habrás notado, amigo lector, que he mencionado dos veces la palabra “secos”.  Es que por estas fechas ese adjetivo, aunque frívolo, es valiosísimo entre los desventurados que osan ─y en verdad es una osadía─ deambular por las calles infestadas de esta plaga de “carnavaleros”. Habrás sentido, te lo aseguro, una sensación de alivio enorme cuando, luego de haber llegado a tu destino, palpas tu cuerpo y con todo derecho dices “uf… seco y limpio”.

¿No te jode, amigo lector, que el destino de nuestro buen ánimo esté en las manos de un pata que te arremete, escondiéndose en la seguridad de un piso alto. ¡Qué marica!, ¿no te parece?

Una vez que hemos dejado de estar secos, nos queda aún el privilegio nada deleznable de estar limpios. Unos cuantos mililitros de agua encima, que seguro se evaporarán con el sol, no nos dañarán más que el orgullo por unos minutos. Lo peor es cuando ese líquido que nos arrojan viene con sorpresa, y tú sabes bien a qué me refiero.

Imagina que te encuentras andando por la calle muy despreocupado -a unas pocas cuadras de tu casa o por un vecindario que te es desconocido (realmente eso no importa)- cuando de pronto se te aproximan unos sujetos cargando su mejunje carnavalero preparado especialmente para ti. Ya cuando te das cuenta (muy tarde), se te han abalanzado y estás cubierto con esa huevada que esperas sea pintura y nada más que pintura.

Ahora la pintura ha pasado a un segundo plano, pues el preparado ha ganado más ingredientes. ¿Cómo lo sé? Pues justo por estas fechas -no es broma- he visto por la calle a un niño, que luego de una buena carnavaleada, salió teñido de un color marrón como la misma mierda.

¿Es que ahora debemos salir a la calle a riesgo de terminar oliendo a caca? What the fuck! Ahora así, amigo lector, no me vas a negar que el carnaval peruano da asco literalmente. ¿Fiesta vecinal agradable? My ass.

La Playa

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Creación fotográfica: Sofía Pichihua (imágenes Weekly Reader, Wallpapers Free)

Sube

De arena, de piedras, al norte o al sur, las encuentras de diferentes formas y a lo largo de todo el litoral. Como sea, llegado el verano las playas comienzan a llenarse de personas buscando sol y un buen bronceado.

Puede ser pose, pero lo bueno del verano es que puedes salir de tu casa con la frescura de no estar gorda sino ’sobrecuidada’, ponerte bronceador,  tirarte como morsa un par de horas y estar ahí hasta estar dos tonos más oscura. Conforme pasa el tiempo el color se hace más notorio, las primeras veces vas blanca como yuca,  y te nace el tic de mover las tiritas de la parte de arriba de la ropa de baño para ver la diferencia, hasta que ves que estás más negra que Beyonce.

Lo bueno de nuestro verano es que no es tan caluroso y pegajoso como otros, donde una sombrita te hace bien y un helado o  una gaseosa –okey cerveza- al polo te alivia como si la hubiesen mandado del cielo. Es rico también porque puedes disfrutar de una fresca lluvia veraniega, pararte afuera y mojarte a tu gusto sin temer una próxima neumonía.

Entre las de piedras y las de arena, prefiero las primeras porque son más limpias, hay menos gente y el sonido del mar es mucho más relajante. Las de arena tampoco están mal, son más suavecitas,  te permiten enterrar a tus amigos, hacer  castillos o huequitos para buscar muimuyes.

Puede que no sepas nadar, quizás no avances ni diez pasos más allá de la orilla, pero siempre te puedes meter con alguien y aprovechar la línea de ‘no se nadar’ o en caso contrario,  dártelas de  salvavidas de Baywatch. Puedes ser más atrevido y subirte a una tabla o aferrarte a ella para flotar. Recuerda: si te caes, no te preocupes, siempre hay alguien que hará algo peor o alguno que salga del mar sin ropa de baño.

Amo las juergas playeras porque puedes tonear en la arena, con el sol o la luna sobre tu cabeza, con tu grupo de gente,  conocer a otros u otras con un ‘¿habla, bailas?’.Porque son las únicas juergas en las que no importa que estés con short y sandalias, porque el día siguiente puedes ir a pasar la resaca en la arena y comer tu ceviche en el mercado y ser feliz.

Me gusta también por las personas que nunca faltan: los niños con sus baldes y herramientas de todos los tamaños y colores, los gorditos que no se quieren quitar el polo, los heladeros que te ofrecen marcas totalmente desconocidas, los raspadilleros y los ambulantes. Sin ellos la playa no sería la misma.

He aprendido a disfrutar el verano,  de lo bueno de estar negra,  del olor a bronceador, del sonido del mar, de los tonos de verano, porque lo que pasa en la playa se queda en la playa. Y como diría la canción  de cierto feo: Pero en el fondo todos regresan a sus casas muy agradecidos, pues todos son iguales bajo el sol.

Baja

No soporto las playas en verano. Llámenme aburrido, aguafiestas o panzón envidioso si quieren. Igual no me gusta la arena pegajosa, el sol asfixiante, las sombrillas de colores, el arroz con pollo en olla, la sopa en bolsa, Tongo nadando en calzoncillo, los niños salpicando agua, las  chicas guapas siempre acompañadas, las tías fofas casi siempre en bikini y los perros que nadan mejor que la mayoría de bañistas.

Odio el verano limeño porque no puedes caminar dos cuadras sin sudar como chicharrón. Lima se convierte en un horno de cemento gigante y los habitantes somos una especie de pachamanca que ni siquiera al buen Gastón Acurio se le hubiera ocurrido preparar.

No me gustan las playas de piedras porque cuando te sientas te duele el culo y odio las playas de arena porque los cangrejos te pellizcan las nalgas. Detesto las playas llenas porque no se puede caminar sin patear niños y no soporto las playas vacías porque en realidad nunca lo están: siempre hay alguien esperando que te alejes para cuadrarte y arrebatarte hasta la ropa de baño.

Lo peor de todo es que a pesar de vivir cerca de diez veranos seguidos en San Bartolo, jamás aprendí a manejar bien la tabla hawaiana. Recuerdo que caía una y otra vez humillado por las olas mientras Kalani –el perro surfista, quinto lugar en un certamen mundial para mascotas- corría de lo lindo, moviendo la cola y sacándome la lengua como queriendo decir: ‘Si estuviéramos en el parque, te orinaría por ganso’.

No puedo entender cómo muchos se emocionan con las fiestas playeras, si la música de verano es aterradora y asfixiantemente estúpida. Desde los italianos huachafos y pésimos bailarines de Righeira, quienes en 1983 nos torturaron con su “Vamos a la playa oh-oh-oh-oh-oh”; pasando por una aburrida canción de la Oreja de Van Gogh que prometía “escribir la canción más bonita del mundo”, que, por supuesto, no es ésa ni ninguna de las canciones de la Oreja de Van Gogh.

Mención aparte, por ser la peor, merece “El tema del verano”, popularizado en el 2007 por una empresa de telefonía móvil que gastó ingentes cantidades de dinero en terminar de arruinar nuestros ya demolidos tímpanos, como si las bocinas de los heladeros y los gritos de las gaviotas no fueran suficiente.

Sí, odio el verano. Y comparto alegremente lo que escribió Fritz Berger en su Manual para gozar el verano sin salir de la ciudad: “Resistiré hasta donde las fuerzas me acompañen el sumarme a la borreguil costumbre de migrar en penoso cortejo al sudoroso hacinamiento con probable vista al mar.” Pero no odio la playa de noche. Amo caminar  lento bajo la lluvia,  frente al apacible vaivén del reflejo de la luna en el mar, con una botella de un lado y buena compañía del otro. Amo las playas frías, vacías y oscuras. Habrá que esperar al invierno.