Texto: André Suárez
Video: Carlos E. García
Escribir una crónica sobre el desfile militar resulta una mezcla de bravura, hombría, orgullo, patriotismo -para algunos chauvinismo- y para los pesimistas un engaña muchachos, porque no vale la pena despertarse temprano para ver una serie de tanques repintados. Opiniones encontradas y adversas que disponen de un velo prejuicioso al desfile militar, que suelen compararlo con un circo; sin embargo está en la experiencia compartida, si se acompaña a un soldado durante el evento, que se vislumbran sentimientos encontrados. Esta es una sensación que, para entenderlo de algún modo, se concibe como una lágrima en la garganta mientras humildes soldados cantan “Victoria” como si lucharan por ella, a pesar que sean tiempos de paz.
Esta será una crónica ceñida en el refrán: “Donde manda capitán no manda marinero”, porque la imagen de nuestras fuerzas castrenses es, en la mayor parte de los medios, responsabilidad de altas autoridades de la institución, mas no responsabilidad directa del soldado raso, casi siempre la última rueda del coche. Si bien alguna vez lo viste comiendo y matando perros, porque forma parte del entrenamiento, hay que reflexionar que no necesariamente lo hace porque quiere, sino que la formación como institución e imagen, reposa en autoridades de mayor jerarquía que dejaron ciertos vacíos de mando y se hace impune ciertas liberalidades.
Y este brollo, duro de masticar del párrafo anterior, se resume en el público espectador del evento que aplaudía con algarabía colectiva a los soldados de nuestra madre patria, a pesar que no sean sus hijos directamente. “No tengo un hijo en el Ejército, pero hace cuarenta años que no veo un desfile militar, ya que vivía en el extranjero”, mencionó una entrevistada, que se posicionó a unas cuadras del cruce de las avenidas Brasil y Javier Prado. Acompañada de una amiga, palabreaban improvisadamente las letras que los batallones vitoreaban, mientras marcaban paso previo a la marcha.
Así mismo el público aprovechó la ocasión para dejar el papel de espectador, de televidente matutino de noticiero, para valerse de un casco de verdad, subirse a un tanque y ser soldado por cinco minutos, lo que dura capturar una fotografía con una cámara digital.
Las instantáneas no se hicieron esperar momentos previos a encender los motores y enrumbar hacia el podio del Presidente.
-¡Oiga, ya déjese de tomar foto!- Gritó un superior a un conductor de tanque, que inmediatamente escondió su cabeza para rebuscar ese casco de cuero, parecido a uno de rugby.
El objetivo preferido de las cámaras del noticiero fueron los niños disfrazados de soldados. Unos son más decididos que otros cuando se les preguntó si serán del Ejército en un futuro. Las sonrisas tímidas son sus mejores respuestas mientras visten en tamaño miniatura el uniforme de las Fuerzas Armadas. Sin embargo, no hicieron falta los padres de familia jubilados de las fuerzas castrenses, por lo que visten y adornan a sus hijos como si vieran en ellos el prospecto de hombre que fueron y anhelan ser.
-Yo era de la Fuerza Aérea y me gusta celebrar el desfile, por lo que vengo con mi familia y mi hija, que suelo vestirla para la ocasión- afirmó un ex cadete que esperó reencontrarse con su promoción, mientras recorría acompañado de su hija los diferentes batallones.
La ocasión no fue desperdiciada por los comerciantes, que se adueñaron temporalmente de las diferentes calles de la avenida Javier Prado, cerca al cruce con la avenida Brasil. No hizo falta el camarógrafo de fotos instantáneas, que portaba con él su impresora en un canguro lo suficientemente espacioso. Incluso, inspirado en los símbolos patrios, un fotógrafo llevó una pequeña llama como atractivo, técnica que resultó, sobre todo en los niños que se acercaban curiosos por el animal, que se hacía camino entre los tanques del Ejército estacionados.
Por otra parte no faltó la comida al paso: las señoras encargadas de vender el fast-rancho a los soldados, para contentar el estómago con una otra mitad del desayuno que les hizo falta. Los Húsares de Junín fueron los más empecinados en tomarse un café cargado y un sandwich cuando tomaron por asalto una humilde carretilla.
-El secreto- mencionó la vendedora mientras atendía a los históricos Húsares- es que esté calientito.
Y muy ciertas fueron sus palabras, ya que la temperatura en la mañana fue aproximadamente de 17º C. Sin embargo, el clima no fue razón suficiente para que desde los balcones, jardines y calles la ciudadanía vea a los soldados de la madre patria. Más aún cuando hubo gente que madrugó desde las cinco de la mañana para conseguir un puesto en las tribunas, a pesar que sus intentos fueron frustrados por una mala organización.
Los batallones gritan, se escucha el delicioso sonido armónico de la culata contra el suelo y la orden de marchar. El público aplaude y silva sin fastidiarse de la política nacional, del escándalo de Dorita Orbegozo al bañarse en un cuartel del ejército, las tombitas Fenix que desnudaron sus cuerpos sin sospechar la noticia que sería, la compra de tanques chinos del actual gobierno o la guerra en el VRAE contra el narcoterrorismo. Pienso que en ese instante del “no fastidio” es cuando no hay diferencia entre las All Stars y las botas militares, porque todos al fin y al cabo estamos presentes por una sola razón: el Perú.




























