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Imagina esto: en tan sólo un par de minutos, todo lo que te podía hacer sentir seguro se viene abajo. Tu casa se ha convertido en escombros, el negocio con el que tú o tu familia se sostenían está casi destruido y lo que queda de él es saqueado por gente incomprensible que se aprovecha del pánico regado.

Pisco: cuando la esperanza es lo más difícil de reconstruir

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Imagina esto: en tan sólo un par de minutos, todo lo que te podía hacer sentir seguro se viene abajo. Tu casa se ha convertido en escombros, el negocio con el que tú o tu familia se sostenían está casi destruido y lo que queda de él es saqueado por gente incomprensible que se aprovecha del pánico regado. El trabajo que habías conseguido para poder comer no existe más, las esperanzas que tenías de acceder a una carrera profesional son sepultadas por los mismos escombros en los que se ha convertido tu casa. Pero no hay tiempo de darle vueltas a todo eso porque es muy probable que alguno de los seres a los que más amas haya muerto durante ese par de minutos. Estás, literalmente, en la calle y lo único que posees es incertidumbre y sufrimiento, sensaciones que reconoces, también, en todos los que están a tu alrededor.
¿Imaginarlo da miedo, verdad? Pues eso fue lo que le pasó a miles de personas aquel 15 de Agosto del 2007, aquel día en que un terremoto de 7,9 grados destrozó Pisco y golpeó duramente a casi toda la región de Ica.

Hace una semana tuve la oportunidad de visitar Pisco y es inevitable indignarse con lo que uno percibe. Suelos abiertos por el desnivel provocado por el sismo muestran aún desagües colapsados que empozan los desechos de las casas que conforman esa cuadra. Enormes cerros de desmonte trazan en zigzag las calles del centro de la ciudad y el asfixiante polvo que levanta un auto o el viento al pasar obliga constantemente a entrecerrar los ojos y contener la respiración para poder caminar.
El estado en el que todavía se encuentra la ciudad no corresponde al tiempo que ya transcurrió desde la tragedia: 26 meses o si quieren, 795 días.

La arquitectura urbana de Pisco muestra ahora, incluso en una misma cuadra, tres claros niveles: están las casas de material noble que, afortunadamente, no sufrieron muchos daños o que con esfuerzo propio o ayuda estatal, fueron reconstruidas. En un segundo nivel están, las de madera y tripley: los módulos provisionales, que cobijan a aquellas familias que se quedaron sin casa y les ayudan a marcar el terreno que poseen pero en el que la falta de dinero no les permite construir. El tercer nivel es la muestra fehaciente de la ineficiencia del Estado. Familias que ni siquiera han recibido un módulo, arman sus casas con plásticos, esteras, telas de sacos de arroz, palos, sogas y alambres.

La reconstrucción de toda una ciudad es difícil y prolongada pero no es posible que el Gobierno –central, regional o municipio distrital- no tenga la capacidad de distribuir correctamente módulos para que los ciudadanos a los que, en teoría, sirven tengan donde dormir, para que puedan sentirse aunque sea un poco seguros.

El tres de Octubre pasado el Primer Ministro, Velásquez Quesquén, entregó títulos de propiedad y créditos hipotecarios en Pisco e Ica. Esto como parte de la verificación que el Ejecutivo realizó a la reconstrucción. Estos mecanismos sirven pero la falta de rapidez y eficiencia con la que se realizan es exasperante. A aquellas familias que pasan frío en la noche porque el plástico de sus paredes muestra huecos nuevos cada día el Premier no les puede pedir paciencia –como lo hizo aquel día. ¿Él o el Presidente de la República seguirían teniendo paciencia luego de dormir más de dos años en la calle?

En una de esas calles del centro, viviendo en los mencionados módulos que no pasan los tres metros de largo por dos de ancho está Félix, pisqueño de 56 años. Conversa conmigo parado en el lumbral de la puerta. Su madre de 88, está sentada en el único sillón de la pequeña habitación y tras cada pregunta que yo hago ella interviene para explicar la situación en la que quedaron. Su mirada pide ayuda, cree que vengo por parte del Estado para recopilar datos de los damnificados, hasta que se pierde en el vacío cuando Félix empieza a contar cómo su casa se derrumbó y su tienda fue saqueada.

Como la mayoría de personas en Pisco, Félix no confía en el Estado. Aquella sonrisa irónica que esboza al preguntarle por la tarea del FORSUR en la zona, resume el sentir de casi todos los pisqueños: FORSUR (Fondo para la Reconstrucción del Sur) es una institución casi inexistente. La lentitud burocrática para aprobar proyectos sumada a la casi inexistente iniciativa de las autoridades distritales y regionales para plantearlos, han llevado a los pobladores de Pisco a no creer en autoridad alguna.

Pero un pueblo no puede sostenerse sin tener confianza o esperanza, y si no las tienen en su gobierno por incapaz, aparecen, entre el pueblo mismo, seres que luchan, que se preocupan por los que comparten con ellos horas difíciles; seres a quienes la complejidad del azar obliga a mostrar su verdadera identidad: la de pequeños –o por qué no, grandes- héroes.
Es el caso de Víctor, recientemente graduado Ingeniero Pesquero. Nació en Pisco, y la mayor parte de sus casi 40 años la vivió ahí. Horas después del terremoto, decidió salir a las calles y empezar a rescatar personas atrapadas entre tanto derrumbe. La ayuda profesional no llegó hasta el día siguiente, es por eso que tuvo que aventurarse a la compleja tarea de salvar vidas. Ya cuando llegaron equipos de rescatistas profesionales a Pisco, él se integró a los mismos y colaboró durante todos los dias que las operaciones duraron. Hoy, muestra con orgullo el certificado de rescatista profesional que una institución internacional le brindó.

-Es una experiencia que te cambia la vida. Sobrevivir a todo eso hace que veas las cosas de manera distinta -explica Víctor, sobre el terremoto.

Ana es otra de esos héroes. Pero su tarea no es la de rescatar vidas sino la de formarlas en medio del desastre que todavía existe. Utilizando parte de su casa que hasta ahora no puede reconstruir, ha creado una pequeña escuela. Una vez más las paredes de plástico sirven para reemplazar a las de ladrillo, la vieja puerta de metal, amarrada a una improvisada columna de madera se abre de par en par cada mañana para recibir a 22 niños de entre tres a cinco años, a los que Ana, mientras espera regresar al centro educativo en el que trabajaba, enseña sin cobrar un sol, manteniendo a flote la escuelita “Señor de la Agonía”, con las pequeñas donaciones que realizan, de vez en cuando, los padres.

Regreso de San Andrés –distrito de la provincia de Pisco- y sigo recordando la conversación que tuve con Alicia, pobladora de aquel lugar, mientras espero que el equipo me recoja en la plaza de armas de Pisco.

-Aquí uno se siente abandonado. Te das cuenta que las donaciones, los bonos y la ayuda no llegan a todos por igual y tienes que seguir viviendo en esto– dice Alicia, mientras señala su casa de tripley y estera, que ella y su esposo tuvieron que armar.

Observo a mi alrededor y me pregunto cuántas de estas personas, al igual que Alicia, se sienten decepcionadas de sus gobernantes, cuántos de ellos se sienten abandonados por la institución que debería resguardarlos. Frente a mí está el histórico edificio del Municipio Provincial de Pisco o lo que queda de él. Resquebrajado y vacío es acaso el símbolo de un aparato estatal que, tras más de dos años de ineficacia, sigue sin poder reconstruir la esperanza de sus ciudadanos.

Colaboración de Franco Meza.

Foto: Caoba “C”

Ingresar a la Universidad Mayor de San Marcos es una Odisea digna de Homero. Sin embargo hay jóvenes dispuestos a dejar atrás todos sus temores y aventurarse en el oceano borrascoso de la Av. Universitaria para alcanzar sus sueños. El último domingo cerca de 18 mil postulantes pusieron a prueba sus conocimientos para alcanzar un cupo en la casa de estudios decana de América, de ellos solamente 1700 pueden sentirse parte de la tradición sanmarquina.

Ellos sí que saben

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Ingresar a la Universidad Mayor de San Marcos (UNMSM) es una Odisea digna de Homero. Sin embargo, hay jóvenes dispuestos a dejar atrás todos sus temores y aventurarse en el océano borrascoso de la Av. Universitaria para alcanzar sus sueños. El último domingo cerca de 18 mil postulantes pusieron a prueba sus conocimientos para alcanzar un cupo en la casa de estudios decana de América, de ellos solamente  1700 pueden sentirse parte de la tradición sanmarquina.

Por: Ronald Cotaquispe
Conversando con una amiga que trabajó como anfitriona en ‘La pulga en la oreja’, se me ocurrió preguntar qué tal les había ido con la obra, a lo que ella me respondió “excelente, un verdadero éxito”. Pero no satisfecho con la respuesta, decidí ser más inquisitivo y preguntar esta vez por los niveles de asistencia, a lo que contestó diciendo “muchos”. Y cuando exigí un dato más exacto o un mínimo criterio para haber llegado a esa conclusión, sólo se remitió a decirme “porque sí”.

Por un teatro más rentable

creatividada_001Por: Ronald Cotaquispe

Conversando con una amiga que trabajó como anfitriona en ‘Una pulga en la oreja’, se me ocurrió preguntar qué tal les había ido con la obra, a lo que ella me respondió “excelente, un verdadero éxito”. Pero no satisfecho con la respuesta, decidí ser más inquisitivo y preguntar esta vez por los niveles de asistencia, a lo que contestó diciendo “muchos”. Y cuando exigí un dato más exacto o un mínimo criterio para haber llegado a esa conclusión, sólo se remitió a decirme “porque sí”.

A lo que quiero ir con esta anécdota es que el Teatro, como institución y disciplina académica, quizá no está tan desarrollado pese a que parece haber un ‘boom’ de este tipo de espectáculos en los últimos años, por una sencilla razón: hasta ahora nadie se ha tomado la molestia de medir ni la eficiencia ni la eficacia de las obras de teatro.

Eficiencia y eficacia son dos conceptos elaborados por Peter Ferdinand Drucker, que tienen que ver con la gestión de organizaciones, específicamente con el cumplimiento de las metas elegidas y la productividad (mayor producción con menos insumos). Para el caso de los espectáculos, la eficiencia y la eficacia podría remitirse a dos cosas: la asistencia del público y la recaudación generada.

Es cierto que la cantidad de obras de teatro en el Perú, y sobre todo en Lima, ha aumentado significativamente, pero asumir por ello que éstas tienen los niveles de asistencia y recaudación deseados, sin haber realizado el más mínimo cálculo de la venta de entradas, sería un error. Eso sería como suponer que la educación superior ha mejorado sólo porque la cantidad de universidades e institutos ha ido aumentando, cuando en realidad no es así.

El Instituto Nacional de Cultura (INC) no tiene ni una cifra aproximada. La oficina de Difusión y Promoción de dicha entidad apenas tiene una relación de los espectáculos que se realizan en el local del Museo de la Nación, y nada sobre la recaudación obtenida. Lo mismo sucede con el Ministerio de Educación, en la Dirección de Promoción Escolar, Cultura y Deporte (DIPECUD), cuya directora, la señora Carolina Varón, aseguró para Número Zero que tal información no existe.

Los datos referenciales no aportan más de lo que se podría obtener chequeando las agendas culturales de El Comercio o el catálogo de Teleticket. A esta incertidumbre también se suman algunas opiniones adversas de especialistas del medio, como el actor Carlos Gassols, quien después de ser homenajeado en el último Festival de Cine de Lima, afirmó que en el teatro peruano “la oferta es superior a la demanda”.

Tener mayor información sobre la venta de entradas es de suma importancia, teniendo en cuenta que existen entidades como la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático o la Universidad Católica, que otorgan títulos de educación superior en dicha materia. Esto podría ayudar a generar una mejor plana docente y hasta darle mayor valor económico a la profesión. El Segundo Estudio de Seguimiento de Egresados PUCP, elaborado por la Dirección Académica de Planeamiento y Evaluación (DAPE), revela que más de la mitad de alumnos de la especialidad de Artes Escénicas percibe menos de 500 dólares mensuales por su trabajo, mientras que casi el 70 por ciento desempeña trabajos ajenos al teatro.

El INC y el Ministerio de Trabajo deberían preocuparse por hacer estudios estadísticos del teatro peruano en vez de malgastar tiempo y recursos realizando obras de mediana envergadura.

Empresarios por la Educación es una asociación sin fines de lucro que nació en el 2007 por iniciativa de la Confiep, buscando potenciar la participación del sector empresarial en el mejoramiento de la calidad y la equidad de la educación, tal como lo indica Silvia Miró Quesada, directora de dicha entidad y editora de Servicios Periodísticos de El Comercio.

Silvia Miró Quesada: “El sustento y la base para que un país salga adelante es la educación”

Texto y fotos: Lauro Minaya

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Empresarios por la Educación es una asociación sin fines de lucro que nació en el 2007 por iniciativa de la Confiep, buscando potenciar la participación del sector empresarial en el mejoramiento de la calidad y la equidad de la educación, tal como lo indica Silvia Miró Quesada, directora de dicha entidad y editora de Servicios Periodísticos de El Comercio.

Es así que mediante una columna en dicho diario, Miró Quesada ha empezado a fomentar la importancia que implica contar con una educación de calidad, que no solo abarque alumnos y maestros; sino también a la familia para formar ciudadanos con un pensamiento crítico y estructurado.

Cabe resaltar que entre las instituciones y empresas asociadas se encuentran el Banco de Crédito del Perú S.A., Cía. Latinoamericana de Radiodifusión S.A. –Frecuencia Latina Canal Dos S.A.C, la Confiep, la Fundación BBVA Banco Continental, Minera Yanacocha S.R.L., Telefónica del Perú S.A.A., entre otras.

Número Zero tuvo la oportunidad de conversar con Silvia Miró Quesada, quien junto a Denisse Silva- Santisteban, Jefe de Voluntariado y Comunicaciones de la asociación Empresarios por la Educación, dieron detalles acerca de la labor que viene cumpliendo dicha organización en favor de la educación en el país, los cuales se mencionan en el presente video.

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Lorenzo Ruiz: Hatun Ñan nos permite interactuar como iguales [Video]

Por: Sofía Pichihua

Lorenzo Ruiz de la Vega contó su historia en la conferencia de presentación del reportaje realizado por Bernardo Cáceres sobre el proyecto Hatun Ñan, ‘Camino grande’ en quechua. En este video, Lorenzo Ruiz comenta la importancia de Hatun Ñan, brinda unas sugerencias y relata sus siguientes planes.

Visita las páginas web del proyecto Hatun Ñan en la UNSAAC y UNSCH.

NZ Tags: Educación, Hatun Ñan, Lorenzo Ruiz.

Estudiantes de Hatun Ñan aprenden a valorar su origen [Video]

Por: Sofía Pichihua

Hatun Ñan enseña a estudiantes universitarios de origen quechua, aymara y amazónico  a conocer más de su cultura, aprendiendo a valorar su identidad como quechuahablantes o nativos amazónicos para evitarse sentirse discriminados o excluídos de la sociedad.

El comunicador Bernardo Cáceres colaboró con la elaboración de un reportaje  presentado el 2 de abril del 2009 en el Auditorio de Humanidades de la PUCP, que fue  realizado por los mismos estudiantes  y  será publicado muy pronto en el portal del proyecto.

En la conferencia de la semana pasada se contó con la presencia de Lorenzo Ruiz de la Vega, estudiante becado a la UARM y Juan Ansión, representante del programa Hatun Ñan.

NZ Tags: Educación, Hatun Ñan, Integración.

SUBE
“Luego de tener once primeros años escolares uno termina recordando con agrado esos momentos y descubre los cambios por los que transcurre desde que fue el niño de la loncherita hasta ser el joven abanderado.”
BAJA
“Vivir bajo la opresión de usar el uniforme escolar, cortarse el cabello cada mes, moderar tu vocabulario y no ver con ojos de deseo a tus compañeras eran algunas de las cosas que más me disgustaban del colegio.”

El cole

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Creación fotográfica: Sofía Pichihua (imágenes Pueblo España, Carlos Steeb )

SUBE
Texto: Carlos García

Recordar los días del cole es pensar en tiempos ya ajenos y distintos. Es volver a despertarme temprano en las mañanas para tomar el desayuno en el umbral de la puerta, aún con sueño y alguna legaña de por medio, y salir apurado luego de casi derramar mi taza de leche sobre el recién planchado y reluciente uniforme escolar.

He tenido once veces un primer día de clases. Cada uno distinto del otro, aunque la mayoría tiene siempre como denominador común el factor reencuentro. La tertulia nunca falta, y a pesar de saber que las vacaciones tardarán en llegar lo importante es pasarla bien con los patas.

La primera vez que uno pisa un cole lo hace con miedo y con los ojos llorosos. Recuerdo mi foto de primer día: camisa blanca, corbata ajustada al cuello, mochila cargada de cuchumil útiles (cuadernos, goma, tijera, libros, papel de lustre, colores, plumones, etc.), lonchera de Los caballeros del zodiaco y, para rematar, una cara de no saber lo que estoy haciendo. Creo no ser el único que tiene una foto así.

A veces sucedía, en primaria, que al saludar a algún compañero (compañerito, diría mi madre) no recordaba su nombre. Lo curioso era que a muchos les pasaba lo mismo, pero no impedía que intercambiemos nuestras aventuras de verano. Cada uno contaba lo que había hecho y lo que quiso hacer pero no pudo, con el toque de exageración que todo niño sabe agregar.

Cuando uno crece las cosas cambian. Muchos dejamos de preocuparnos por las historias de verano para darle una mirada, o un silbido, a la nueva profesora de primer grado. Preferimos gastar nuestra saliva en comentar lo bien que se le ve cuando viene y cuando va. Nos reímos también del grupo de profesores que en círculo miran de reojo a la joven y bella profa.

Mi último año de cole lo pasé en la escolta. Ya no podía darme el lujo de conversar con mis patas sobre flacas y profesoras nuevas el primer día, pues debía estar marcando el paso mientras recordaba los pasos del ritual de izar la bandera. El uniforme bien puesto y los zapatos brillantes (o por lo menos aparentemente) para pasar al frente de la formación a paso marcial mientras los niños de primaria me miraban con admiración, sin saber que de niño yo hacía lo mismo que ellos. Mi madre era infaltable, veía a su hijo sin perderse  un solo detalle; mientras, bandera en mano, dentro de mí repetía: “No la cagues”.

Los primeros días de clases siempre son inolvidables pues siempre pasa algo. Luego de tener once primeros años escolares uno termina recordando con agrado esos momentos y descubre los cambios por los que transcurre desde que fue el niño de la loncherita hasta ser el joven abanderado. Recordar es volver a vivir cuando hay gratas memorias ¿Qué recuerdan ustedes de sus primeros días de clases?

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Texto: Lauro Minaya

El momento había llegado, para los chicos de nuestra edad la libertad sólo duraba dos meses. Para nosotros (incluyendo a mis amigos) las vacaciones representaban una forma de vivir a nuestra manera (casi siempre escandalosa): nada que se le parezca a un buen misionero o alguien que profetiza la fe. Vivir bajo la opresión de usar el uniforme escolar, cortarse el cabello cada mes, moderar tu vocabulario y no ver con ojos de deseo a tus compañeras eran algunas de las cosas que más me disgustaban del colegio.

El primer día de clases todos llegábamos con las melenas hasta el hombro –lo cual fomentaba el desconcierto y la cucufateria de las autoridades que, de manera casi dictatorial, nos amenazaban que de no cortarnos las greñas al día siguiente, no nos dejarían entrar a las aulas. Lo peor de todo era que sí te dejaban entrar, sólo que luego entraba el Jefe de Normas y empezaba a llamar por apellido a todos los rebeldes pelucones, te sacaban con todas tus cosas y llamaban a tu casa. Recuerdo las palabras de mi madre al volver a mi hogar, cansado, abatido y herido en mi orgullo heroinómano: “Hoy mismo te cortas ese pelo, ¿desde cuándo mi hijo se convirtió en un hippie –lin?”

Otra cosa que me disgustaba de volver a clases, era tener que usar el uniforme escolar que en el calor (entre marzo y abril) te hacía sudar el colgajo (por aquel pantalón de tela que no sé de qué material era ni quiero averiguarlo); y en el invierno padecías de frío, pues las reglas eran que no podíamos usar ropajes que no pertenecieran al uniforme establecido, eso le quitaba identidad a los colores de la institución. Menuda mierda.

En cuanto a los profesores, eran pocos los que llegaban a conseguir la simpatía del alumnado, en mi promoción el único que lo consiguió fue el profesor Bazzo. Nos enseñaba geopolítica, geografía e historia, y no bastando con eso, animaba al grupo de varones a escuchar música de la época como Deftones, Metallica y mi grupo favorito: Héroes del Silencio. Era un profesor joven y seguro de sí mismo, y a diferencia de los otros no tenía una apariencia  rufianesca y mandona, más bien parecía honrado y confiable: uno más del grupo, alguien al que le podíamos contar incluso ciertas opiniones, que eran muy nuestras, en relación al cole.

No sé si el colegio lo usaba de puente para llegar a nosotros, para conocer nuestras inquietudes y saber cómo éramos en realidad. Eso nunca nos importó. Bazzo siempre se las arreglaba para al final de las clases conversar un poco con nosotros sobre temas que no tenían nada que ver con los cursos que enseñaba: charlas donde la música y las bandas que escuchábamos eran los temas favoritos a tratar.

Realmente, nunca entendí la eterna desconfianza de los profesores en mi época colegial, el querer llegar a los alumnos brindándote una supuesta y artificial amistad, la excesiva convencionalidad, así como las reglas innecesarias a las cuales teníamos que someternos; eso era lo que me jodía de volver al colegio. ¿Qué es lo que te jodía a ti?