Por: André Suárez
¿Cuántos matices históricos, anecdóticos y memoriales siguen siendo inmortales gracias a las fotografías cotidianas, resguardadas por coleccionistas empedernidos que rescatan objetos personales de una ciudad indiferente a las pequeñas cosas? Si para algunos lo que no les sirve merece el tacho, para otros significa una oportunidad en el negocio de las antigüedades. Así enseña Víctor Raúl Mendoza con una serie de fotografías cotidianas, viejas, anónimas en realidad, pero que guardan una historia limeña, criolla, como lo que somos y lo que fuimos.
Víctor Raúl Mendoza, bachillerado en Ingeniería Industrial en San Marcos, es hijo del librero Lito Mendoza, ex asesor II de la Alta Dirección de la Biblioteca Nacional en el 2007. Y como era casi obvio su padre es aprista: “¡Uno nunca puede escoger su propio nombre!”, me responde Víctor Raúl cuando le pregunto si su nombre guarda relación con algunos panfletos apristas que él colecciona.
Al igual que su padre, tiene su tienda de compra-venta de objetos coleccionables en Jirón Camaná, exactamente en el 936 de las galerías Abraham Valdelomar. Y si lo que se busca son fotografías imposibles, menuda colección la que guarda para sí Víctor Raúl, quien en ocho años ha logrado llegar a las 60,000 fotos archivadas.
-Mira esta foto que es de la playa La Herradura-. Víctor Raúl muestra una foto de 10 x 15 cm de los años cuarentas-. Esta es una serie de fotos de los traseros de las viejas gordas. Si ahora se hace esto con cámaras digitales, ¡en ese tiempo debió ser todo un trabajo!
Fotografías como esas son para su colección personal, porque guardan una anécdota del fotógrafo que es transmitida en una imagen singular o, sencillamente, porque guarda una afición personal, como es el caso del judo, deporte del que se valió para conseguir la medalla de bronce en los juegos Bolivarianos del 2009.
Esta es una colección que prometerá sorpresas cuando se sienta preparado para publicar su álbum fotográfico, quien siente que aún no ha visto todo, pues como bien dice, “Siempre hay más cosas que ver y añadir. Aún no es el tiempo”. Y menciono sorpresas, en general, por anécdotas que me cuenta orgulloso Víctor Raúl, como el día en que hizo llorar al curador del Museo de Arte de Lima, Luis Eduardo Wuffarden, al observar una fotografía antiquísima de la ciudad de Ica, que era de una familia posando frente a una casa de dos pisos.
-Cuando le mostré esta foto a Wuffarden, no pudo contener las lágrimas, porque luego me confesó que él nació y creció en el segundo piso de esa casa, una casa que en la actualidad dejó de existir para transformarse en un edificio.
Como recalca Víctor Raúl, el negocio de las antigüedades está “en pañales” en el Perú. Los peruanos casi nunca sabemos el pedazo de historia -y de tesoro- que guardamos en elementos de lo más insignificantes, en su mayoría herencia de los padres, de los abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. Usualmente de personas adineradas, del antiguo jet-set limeño que solía tener el lujo de comprar de todo, pero que con el pasar del tiempo lo bota a la basura. Estas es una actitud provocada por la nimiedad de las necesidades de la moda, del hoy, de las apariencias que no reparan en el pasado.
-Cuando eras chibolo, uno siempre quería tener los muñequitos de G.I.JOE, pero como era caro te regalaban uno a las justas. Sin embargo, al rico, al militar o al narcotraficante le compraban toda la colección completa. Con el pasar del tiempo, el chibolo no sabe lo que tiene guardado y simplemente lo vende barato, porque le ocupa espacio y no sabe lo que tiene entre manos.
Y si titulamos este toma y daca de antigüedades con una sola frase criolla microbusera, pues sería “Tu ignorancia es mi progreso”. Como explica fervientemente Víctor Raúl al antipático cobrador de la renta de su tienda, la ganancia en el negocio de las antigüedades se basa más en la compra que en la venta de la tienda, una compra que en su mayoría se trata de estar tranquilo ante lo que el vendedor desconoce del tesoro que vende.
-Un arequipeño vino a mi tienda con una cajita de Coca-Cola que guardaba las seis botellas originales, las que eran de vidrio verde. Lo compré a 60 soles, 10 cada una, pero los revendí a 30 cada botella. Así sacas un 300% de lo que compras.
Sin embargo, a este toma y daca debe sumarse la casualidad, el riesgo de apostar por lo que se compra o, como trata de olvidar Víctor Raúl, vender objetos que fácilmente pueden valer millonadas de dólares.
-Un distribuidor me alcanzó un libro de arte sumamente antiguo y pasando las páginas encontré ¡un retrato del pintor Pancho Fierro! En ese entonces Pancho Fierro era como cualquier pintor que en las plazas te hacen un autorretrato a cinco soles. Lo obtuve de pura casualidad y logré venderlo a más de $1 000 por Internet.
Igualmente le sucedió al poder comprar una fotografía original del fotógrafo cuzqueño Martín Chambi a un precio nada justificable según su valor histórico, y más aun cuando en el borde de la imagen está escrita la dedicatoria a su amigo Uriel García. La reventa de dicha fotografía no se hizo esperar en el mundo coleccionista.
Como no siempre un negocio prospera por mera casualidad, Víctor Raúl tuvo grandes riesgos económicos ante las pocas posibilidades de obtener un verdadero tesoro histórico. Así fue como, “con el dolor de su billetera”, y el riesgo de la prosperidad académica de su hija, compró a $1 100 dólares las ochenta medallas del presidente Manuel Prado, que fueron adquiridas en distintos países de Europa promocionando la inversión en el Perú. Luego de adquirirlas, los puso a la venta en Ebay y logró obtener $16 000.
Un éxito que como muchos otros tapa algunas de sus equivocaciones como coleccionista. “¡Ah, no te acuerdas, cuando la fregaste!”, trata de hacerlo confesar uno de sus distribuidores fotográficos.
-¡Pero dime cómo no puedes acordarte que vendiste a $200 el pase migratorio del Che Guevara y Cantinflas!- Termina por esclarecer el distribuidor entre risas.
Víctor Raúl comenta que le llegaron documentos de la embajada colombiana que caducaron, por lo que terminó en manos de recicladores y coleccionistas. Él me comenta que sí, efectivamente tuvo los documentos del pase migratorio, pero que los vendió a una conocida suya, por lo que no reparó en las ganancias económicas de dicho documento.
Y como la historia compete a todos -policías, militares, locos, terroristas, etc.-, Víctor Raúl recuerda a sus clientes anecdóticos. Entre ellas un “pornero” que buscaba fotos de gente en el baño -objetivo nada imposible si se busca en las cajas de zapatos llenas de fotografías- o un ideólogo emerretista que buscaba fotos de sus camaradas caídos en los tiempos de la violencia armada.
-¿Ves ese esquinero? Allí, donde está vacío, antes rotulaba “Terror”. O bien se los llevó el ideólogo que te comento o aficionados a esa época, pero esas sí que las compraron todas.
Como muchos políticos actuales parecen engañarse, la violencia armada aún sigue sin olvidarse.
Si algún lector se pregunta si este es un negocio lucrativo, pues parece resultar que sí, aunque con grandes sacrificios. Víctor Raúl alquila un departamento por el cruce de las avenidas Arequipa y Angamos, y convive en armonía con su familia, aunque tenga ganas de romperle la cara al cobrador de rentas.
-¿Y a dónde se te va toda la plata?- Pregunta el distribuidor fotográfico que escuchaba mi conversación con Víctor Raúl.
-Pues mi hija tiene nueve años- concluye Víctor Raúl con una sonrisa.


















